martes, 7 de mayo de 2013

Chaquetilla, careta, arma y guante


Me acerco a las perchas donde están colgadas las chaquetillas acolchadas y escojo una de mi talla. Antes de ponérmela, coloco sobre mi pecho un peto  de plástico duro que me protegerá de los golpes. Un guante en la mano derecha. Y entonces escojo las piezas protagonistas: un sable de empuñadura para tiradores diestros. Una careta azul de apretada rejilla cubre mi rostro.
Aprovecho para mirar a mi adversario. Es grande, parece fuerte, y por cómo se mueve advierto que lleva más tiempo en este deporte que yo.
Llega el entrenador. Da la señal. Empiezo con una preparación, tengo que averiguar que va a hacer el gigante para desarmarme. Inicio una pequeña marcha. Mi oponente me imita amenazante, quiere llevarme al fondo de la pista. Comienzo a romper paso a paso aligerando el ritmo según él aumenta la velocidad.
Entonces ocurre, su sable se dirige a mi travesón.  Creyendo que me va a golpear protejo la zona con el arma. Si golpea  mi sable  perderá la preferencia, le golpearé y el primer punto será mío. Pero su idea es otra, enseguida me doy cuenta: una finta en cuarta. Me ha hecho creer que iba a por el travesón, pero su intencion es golpear el hombro.
El impacto llega antes de que pueda mover el brazo en un intento de defenderme. A pesar del peto, siento dolor. Estoy furiosa. Pero lo que de verdad me molesta es la humillación, a pesar de la rejilla de la careta veo que se ríe de mí. No lo voy a tolerar, en el próximo golpe e prometo partirle una costilla.
Volvemos a situarnos en posición inicial. El árbitro vuelve a dar la salida, esta vez no hago preparación alguna. Marcho alternando el ritmo: más rápida, más lenta, dejando que se aleje, volviendo a presionar y, mientras le engaño: muevo el sable de un lado a otro. Quiero confundirlo, que no sepa de dónde va a venir el ataque.
Estamos muy cerca del final de la pista, es mi última oportunidad para lanzarme a fondo con un sablazo imparable. Además el abusón está posicionado en tercera, no podrá defenderse.
Toda la fuerza que he ido reservando se concentra en el brazo derecho que se estira como un muelle para golpear, para hacer daño.
Le golpeo tan fuerte que siento vibrar cada hueso de mi extremidad. Creo oír gemir de dolor al individuo, pero no me importa. El brazo me duele mucho, he dejado caer el arma porque su peso me produce una terrible agonía. Chillo. El resto de mi cuerpo no existe.  Me he vengado, eso es lo que importa. El canalla está furioso, le he hecho mucho daño. Dice que lo mío no es nada. Espero que haberlo roto parte de las costillas. Le lanzo una mirada terrible, no tengo fuerzas para golpear en cierta parte y evitar descendencia de semejante bruto. Me marcho dolorida pero satisfecha. No permito que nadie me pisotee, aunque he aprendido una valiosa lección; nunca ataques con rabia.
Ana Romero Urquiza
Humanidades y Periodismo

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